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  • Foto del escritorLeonardo Ramírez

El fruto del Espíritu Santo, la mayor riqueza del ser humano

"Conmigo están las riquezas y el honor, La fortuna duradera y la justicia. Mi fruto es mejor que el oro, que el oro puro, Y mi ganancia es mejor que la plata escogida." Pr. 8:18-19

La idea de éxito, paz y gozo en esta tierra está generalmente asociada con tener abundancia de cosas materiales, buen estatus social o lograr objetivos terrenales. Muchos dicen: “si tuviera este puesto o este sueldo sería exitoso”, o “si pudiera hacer el viaje de mis sueños podría morir en paz”, o “si por fin tuviera un hijo, esposa/esposo no necesitaría más”. Nuestra fijación en las cosas visibles está tan arraigada a la naturaleza humana caída, que estaríamos dispuestos a perder el poco tiempo y la poca fuerza que nos queda en esta tierra, para obtener lo que al final solo será de disfrute temporal y de mínima calidad. No quiero decir con esto que todos los deseos humanos por alcanzar cosas visibles sean malos, como un trabajo, una familia o un título. Todo cristiano debería esforzarse en la gracia de Dios para alcanzarlos, pero frecuentemente por fijarnos demasiado en lo que podemos hacer y disfrutar en esta tierra, perdemos de vista lo que ya nos ha sido dado para nuestro disfrute eterno y de suprema calidad.


Primero déjeme explicar mejor esto dentro de la cosmovisión bíblica. Todas las cosas creadas por Dios son buenas en gran manera (Gen. 1:31), tanto visibles como invisibles, tanto el cuerpo como el alma. Génesis 2:7 dice que Dios formó al ser humano del polvo de la tierra (parte material, visible o estructural) y luego sopló aliento de vida en él (parte inmaterial, no visible o funcional que también la Biblia llama indistintamente como alma, espíritu o corazón). El orden también es importante. Primero Dios formó y luego sopló; o sea, una masa de barro con la forma de un hombre no es útil, a menos que exista algo que la haga mover o funcionar, a saber, el soplo de aliento de vida que es igual a su espíritu. Así que tenemos al hombre compuesto integralmente por el cuerpo y el alma, o lo que los teólogos también llaman la parte estructural y la parte funcional.


Ahora, la caída hizo estragos sobre la naturaleza humana trayendo separación en varios aspectos:


1. Trajo la muerte primera que es el deceso del cuerpo. Esta muerte representa la separación del cuerpo y del alma y es solo una sombra de la muerte verdadera;


2. Trajo la muerte segunda que es la muerte verdadera, o sea la separación del ser humano en su integridad con Dios y será consumado en la condenación de cuerpo y alma en el lago de fuego eterno (Ap. 20:14-15); y


3. Trajo dolor y miseria a la existencia humana degenerando sus dones manifestados en el carácter, su forma de razonar, su forma de comunicarse, de relacionarse y su forma de sentir y expresarse.


Ahora el ser humano vive con temor a la muerte e intenta aprovechar su corta existencia tomando desesperadamente todo el placer y provecho que le pueda dar su juventud e intelecto haciéndose de muchas comodidades y de muchos deleites sin visión más allá de lo que pueden ver sus ojos. El pecado ha traído profunda miseria a su existencia convenciéndolo de que el verdadero gozo se encuentra en las cosas temporales.


Pero Dios en su extensa misericordia, no ha querido dejar a su imagen creada en tal miseria. Él ha provisto un gozo mayor para el ser humano que trasciende todos las riquezas y placeres terrenales juntos. Nuestro único Dios ha querido manifestar su gloria por medio de su Hijo y nos ha dotado con sentimientos para captar su belleza, con razonamiento para entender la profundidad de su sabiduría y deleitarse descubriendo las maravillas de su creación, con voluntad para tomar decisiones que den gloria a su Nombre y con cuerpo para expresar gratitud y gozo. Dios quiso darse a conocer por medio de su Hijo enviándolo a la tierra convirtiéndose así en la expresión más amorosa, bella, impactante y sublime de todos los eventos de la historia humana, Dios con nosotros.


En Jesucristo vemos la plenitud de la gloria de Dios con su vida, obra, muerte y resurrección. Él revirtió todas las consecuencias del pecado: 1. Venció la muerte y el pecado para darnos esperanza de vida eterna. 2. Nos libro de la muerte segunda y nos reconcilio con el Padre para tener comunión eterna con El y con nuestro prójimo. 3. Sopla nueva vida con su Espíritu sobre sus elegidos, para darles alivio, consuelo y gozo en medio de este mundo caído. Aquí es donde se debe resaltar la importancia de la parte funcional del ser humano en la redención (el intelecto, las emociones, la conciencia y la voluntad).  Dios quiso anticipar un poco del gozo que tendremos en la eternidad mostrándonos su gloria por medio del fruto del Espíritu Santo, primeramente, manifestado en nuestra parte funcional o alma, para luego ser expresado en nuestra parte estructural, o sea, nuestro cuerpo.


Dios sigue soplando vida en los cuerpos que eligió para redención, concediéndoles de su Espíritu. Dios renueva su intelecto con un verdadero conocimiento de nosotros mismos y de Él. Renueva sus emociones llamándolas al orden, renueva su conciencia removiendo la culpa e informándola con la Palabra de Dios, renueva su voluntad sometiéndola a la ley de Dios. Y lo más increíble es que nuestro cuerpo corrupto reacciona a los estímulos de nuestra alma redimida. “Como el agua refleja el rostro, así el corazón del hombre refleja al hombre” (Pr 27:19). Así, una conciencia bien informada, un intelecto renovado por Su Palabra y una voluntad dispuesta a escuchar su voz, se reflejarán en un buen semblante (Pr. 15.13), en manos listas para obrar justicia (Mi. 6:8), en pies listos para predicar el evangelio (Ro. 10:15), en lengua lista para ser amable, cordial, llena de gracia y no de groserías y maldiciones (Stg. 3:6-13); en ojos alejados de la codicia y la lujuria (Job 31:1; Mt. 6:22), en boca preparada para refrenar su apetito (Pr. 23:1-3). En un cuerpo dispuesto a considerarse muerto para el pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús (Ro. 6:11-14).


Esta es la renovación del cuerpo y del alma que podemos experimentar en esta tierra para gozo integral de nuestro ser. Las riquezas materiales pueden traer cierto alivio al cuerpo y descanso al alma por determinado tiempo, pero el fruto del Espíritu Santo es para siempre y nadie no lo puede arrebatar (1 Tim 4,8), no se va a desgastar, no saldrá a volar cuando lo tenemos (Pr. 23.4-5), no hay restricciones para su consumo, tenemos libre acceso a él, es una fuente inagotable que nunca se acabara y aunque es en extremo costoso, no tenemos que pagar por ello. ¡La vida abundante está disponible para nosotros pecadores¡ desde ahora podemos tomarla para alivio y supremo gozo de nuestra alma y cuerpo.


Ahora se preguntará, ¿cómo podemos acceder a esta riqueza inagotable?

Cuando Dios por medio de su Espíritu nos convence de pecado y opera poderosa y milagrosamente redención en nuestra parte funcional, significa que nos está dando vida abundante, está reparando esas partes dañadas en nuestra alma que indefectiblemente tiene que manifestarse en nuestra parte estructural, en nuestro cuerpo, en nuestras palabras y comportamiento; una vida más alineada a la ley de Dios, una vida marcada por el Espíritu para santidad. Allí es donde Dios empieza a revertir los efectos de la caída y llena de gozo nuestra alma y cuerpo. Dios ahora sopla vida en nuestro cuerpo muerto a causa del pecado, para que luego lo consagremos a su servicio guardando sus mandamientos.


Cada evento de profundo convencimiento de pecado significa para el creyente acceso sin restricciones a esta abundante riqueza de la gracia de Dios en Cristo, fruto para llevar una vida de mayor calidad en esta tierra y le concede esperanza de vivir, en todo el sentido de la palabra, una eternidad con Cristo. El Salmo 32 nos enseña que cuando el creyente oculta su pecado, significa amargura, depresión y enfermedad; pero cuando lo confiesa, resulta en gozo, alegría y verdadera libertad manifestada en una de las expresiones más alegres del cuerpo humano: cantar. “Alégrense en el SEÑOR y regocíjense, justos; Den voces de júbilo todos ustedes, los rectos de corazón” (Sal. 32:11).

Por eso, esta vida que da el Espíritu, se convierte en la mayor experiencia de vida que el ser humano pueda experimentar en esta tierra, que de ninguna manera puede igualarse a tener todas las riquezas y placeres materiales, visibles, terrenales y temporales. Confesar el pecado y guardar su ley es un refrigerio para el cuerpo y trae verdadero gozo. No en vano escribía el salmista con tanta emoción, con tanta devoción, con tanto gozo por guardar la ley de Dios. El creyente puede encontrar en Cristo, que es la ley encarnada, el tesoro más preciado que pueda encontrar el ser humano.


Sal 119:16 Me deleitaré en Tus estatutos, Y no olvidaré Tu palabra

35 Hazme andar por la senda de Tus mandamientos, Porque en ella me deleito

47 Me deleitaré en Tus mandamientos, Los cuales amo

72 Mejor es para mí la ley de Tu boca Que millares de monedas de oro y de plata. 

77 Venga a mí Tu compasión, para que viva, Porque Tu ley es mi deleite

97 ¡Cuánto amo Tu ley! Todo el día es ella mi meditación.

103 ¡Cuán dulces son a mi paladar Tus palabras!, Sí, más que la miel a mi boca


Dice el titulo de un libro de un famoso predicador de la prosperidad “Tu mejor vida ahora”, con el cual describe que nuestra mejor vida significa obtener cosas materiales en esta tierra “a través de la fe”. Pero el Espíritu dice: tu mejor vida empieza ahora si les das la espalda a tu pecado, si recibes por la fe de mi fruto, si yo transformo tu mente, tus emociones y tu voluntad a la regla de mis mandamientos, si te hago más a la imagen de Jesucristo. Con esta visión el cristiano debería correr hacia las verdaderas riquezas, haciéndose de esta manera millonario para gozo eterno. ¡esto sí es vida! ¡esto si es tener éxito! ¡Esto es el verdadero gozo!


"Conmigo están las riquezas y el honor, La fortuna duradera y la justicia. Mi fruto es mejor que el oro, que el oro puro, Y mi ganancia es mejor que la plata escogida" (Pr. 8:18-19).

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