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#6 La iglesia que la ciudad necesita: misión ordinaria, esperanza escatológica y el testimonio del pueblo del pacto



Resumen: Este artículo cierra la serie con la pregunta que todas las distinciones anteriores han estado preparando: no qué debe evitar la iglesia —eso ya fue establecido— sino qué es y qué hace la iglesia desde su identidad como pueblo del pacto en medio de las naciones. A través de la exégesis de Efesios 3:10, Apocalipsis 5:9–10 y Mateo 16:18, y en diálogo con el modelo agustiniano de las dos ciudades y la eclesiología confesional reformada, se argumenta que la iglesia da a la ciudad lo que la ciudad no puede darse a sí misma: no un programa político, no una agenda cultural, sino la presencia anticipada de la ciudad que viene, materializada en la predicación del evangelio, la administración de los sacramentos, la comunión del pacto y el servicio al prójimo. Esa presencia es el mayor bien que el pueblo de Dios puede dar a Colombia —más duradero que cualquier proyecto político y más transformador que cualquier reforma institucional.



1. Introducción: la pregunta que la serie ha estado construyendo


Esta serie comenzó con una pregunta institucional: ¿qué puede exigir el Estado? Luego giró hacia una pregunta diagnóstica: ¿qué ocurre cuando confundimos la lealtad política con la lealtad última? Luego hacia una pregunta de límites: ¿cuándo y cómo resiste el creyente al Estado injusto? Luego hacia una pregunta de vocación: ¿cómo habita el creyente la ciudad terrenal en los días ordinarios?


Todas esas preguntas son necesarias. Pero ninguna de ellas es la pregunta más fundamental. La pregunta más fundamental no es sobre el Estado ni sobre los afectos del creyente ni sobre la resistencia ni sobre la vocación. Es sobre la iglesia misma: ¿qué es la iglesia que Jesucristo está construyendo en Colombia, y qué le da a la ciudad que la ciudad no puede darse a sí misma?


Esa es la pregunta de cierre. No puede responderse antes de que las otras estén respondidas, porque sin saber lo que la iglesia no es —no es un partido político, no es una nación étnica, no es un movimiento cultural— es imposible articular con precisión lo que sí es. Pero tampoco puede omitirse, porque una serie de teología política que solo define límites sin ofrecer una visión positiva produce creyentes que saben lo que no deben hacer y no saben qué hacer.


Este artículo ofrece esa visión. No como programa de acción sino como descripción teológica de la realidad que el evangelio produce —una realidad que ya existe en cada congregación que predica a Cristo fielmente, que parte el pan del Señor semana a semana, y que vive la comunión del pacto en medio de una ciudad fracturada.


2. Efesios 3:10 y la iglesia como revelación cósmica


2.1 El texto más audaz de la serie

Ningún texto de la Escritura hace una afirmación más alta sobre la iglesia que Efesios 3:10:

"Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales."

El versículo pertenece a la exposición que Pablo hace del misterio que le fue revelado: que los gentiles son coherederos del mismo cuerpo y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús (v. 6). Lo que Pablo está declarando es que la existencia misma de la iglesia —esta comunidad de judíos y gentiles, de personas de todas las naciones reunidas en un solo cuerpo bajo un solo Señor— es la demostración visible de la sabiduría de Dios ante las potencias del universo.


La palabra griega πολυποίκιλος —"multiforme"— es notable. Literalmente significa "de muchos colores" o "de muchos patrones". Es una palabra que describe la riqueza deslumbrante de algo que no puede captarse en una sola imagen. La sabiduría de Dios que la iglesia revela no es monolítica ni reducible a una sola doctrina o práctica; es tan rica, tan variada, tan inagotable, que necesita la diversidad de los pueblos para comenzar a exhibirla.


2.2 La implicación eclesiológica y su alcance político


Lo que Efesios 3:10 establece es que la iglesia no es simplemente una institución que presta servicios religiosos ni un movimiento que busca influencia cultural. Es, en sí misma, un acontecimiento cósmico: la demostración ante toda autoridad y poder de que la sabiduría de Dios trasciende todas las divisiones que el pecado ha producido entre los seres humanos.


Esto tiene implicaciones directas para la pregunta sobre la presencia de la iglesia en el espacio público. La iglesia no necesita convertirse en actor político para tener relevancia pública —su relevancia más profunda no es política sino ontológica. La congregación en Bogotá que reúne a personas de distintas clases sociales, etnias y trasfondos políticos alrededor de la misma mesa del Señor no está haciendo algo políticamente relevante; es algo políticamente relevante. Es la demostración viva de que hay una comunión posible más allá de todas las fracturas que el mundo conoce y produce.


En una ciudad tan fracturada como cualquier ciudad colombiana —fracturada por clase, por región, por pasado de conflicto, por polarización política— esa demostración no es insignificante. Es, en el lenguaje de Mateo 5, una ciudad asentada sobre un monte que no puede esconderse.


3. Mateo 16:18 y la promesa indestructible


3.1 "Edificaré mi iglesia"


En la escena de Cesarea de Filipo, después de la confesión de Pedro —"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente"— Jesús pronuncia una de las afirmaciones más densas del evangelio:

"Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mt 16:18)

El sujeto del verbo es decisivo: "yo edificaré." No Pedro, no los apóstoles, no los creyentes, no la institución eclesial en su capacidad humana. Cristo mismo es el constructor de su iglesia. Eso significa que la iglesia no es un proyecto humano que puede fracasar si las personas equivocadas toman las decisiones equivocadas, ni puede triunfar si las personas correctas ejecutan la estrategia correcta. Es el proyecto de Cristo, y su criterio de éxito no es la influencia cultural ni el crecimiento numérico ni la relevancia política sino la fidelidad al Señor que la edifica.


3.2 Las puertas del Hades y la promesa de la victoria


La imagen de "las puertas del Hades" que no prevalecerán contra la iglesia ha sido frecuentemente malinterpretada como si describiera una iglesia sitiada que resiste el ataque. Pero la imagen es inversa: las puertas son estructuras defensivas, no armas ofensivas. Lo que el texto dice es que ni siquiera las defensas de la muerte podrán resistir el avance de la iglesia de Cristo.

La iglesia que Jesús promete construir no es una iglesia a la defensiva, encerrada en sí misma, esperando sobrevivir hasta que él regrese. Es una iglesia en movimiento, cuyo avance ninguna potencia —ni el poder político, ni la cultura hostil, ni la persecución, ni la muerte misma— puede detener definitivamente.


Esta promesa no produce arrogancia institucional —la iglesia avanza por la predicación del evangelio y la obra del Espíritu, no por la acumulación de poder humano— pero sí produce la confianza sobria que permite a la iglesia trabajar en el espacio público sin la ansiedad de quien necesita ganar cada batalla cultural para sobrevivir. La iglesia no necesita ganar las elecciones para seguir siendo la iglesia. No necesita el favor del Estado para seguir predicando. No necesita la aprobación cultural para seguir partiendo el pan del Señor. Tiene la promesa de su Señor, y esa promesa es suficiente.[^1]


4. Apocalipsis 5:9–10 y la visión de lo que la iglesia ya es


4.1 El cántico nuevo y su geografía humana

Apocalipsis 5 describe la escena de adoración alrededor del trono cuando el Cordero toma el libro sellado. Los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos caen ante él y cantan un cántico nuevo:

"Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje, lengua, pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra." (Ap 5:9–10)

El vocabulario del versículo 9 —"todo linaje, lengua, pueblo y nación"— es la declaración más inclusiva posible. No hay grupo humano excluido de la obra redentora del Cordero. No hay etnia demasiado pequeña para haber sido comprada. No hay lengua demasiado oscura para que Cristo no la haya redimido para Dios.

Y el versículo 10 retoma el vocabulario de Éxodo 19:6 —el mismo que 1 Pedro 2:9 aplicó a la iglesia— para describir a quienes han sido redimidos: "nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes." El pueblo del Nuevo Pacto que 1 Pedro llamó "real sacerdocio y nación santa" es el mismo pueblo que el Apocalipsis muestra adorando al Cordero en el cielo. La iglesia de la tierra y la iglesia del cielo son la misma iglesia en distintas etapas de su peregrinación.


4.2 La iglesia como anticipación de ese cántico


Lo que el Apocalipsis revela sobre el estado final de la iglesia debe gobernar la comprensión de la iglesia en su estado presente. La congregación que hoy en Bogotá, Medellín, Bucaramanga o Villavicencio reúne a personas de distintos trasfondos —distintas etnias, distintas clases, distintos historiales políticos— y las hace partícipes del mismo pan y la misma copa, no está simplemente realizando un rito religioso. Está anticipando, de manera real aunque imperfecta, lo que el Apocalipsis describe como la realidad definitiva: la multitud de toda nación adorando al Cordero.


Esa anticipación es la contribución más profunda que la iglesia puede hacer a la ciudad. No un programa de transformación social, no una agenda legislativa, no una estrategia de influencia cultural —sino la presencia visible de una comunión que trasciende todas las divisiones que la ciudad conoce. Una comunión que es posible no porque sus miembros sean mejores personas sino porque han sido comprados por la misma sangre y caminan hacia el mismo destino.


5. El modelo agustiniano y su pertinencia colombiana


5.1 Las dos ciudades y su entrelazamiento


Agustín de Hipona escribió La Ciudad de Dios entre el 413 y el 426 d.C., en respuesta a la acusación de que el cristianismo había debilitado al Imperio Romano y que su caída ante los visigodos era la consecuencia. La respuesta de Agustín es una de las obras más grandes de la teología política cristiana: no porque ofrezca un programa político, sino porque ofrece una comprensión de la historia que libera al pueblo de Dios de la ansiedad que produce el éxito o el fracaso de los imperios de este siglo.


El argumento central es la distinción entre la civitas Dei —la ciudad de Dios, constituida por el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo— y la civitas terrena —la ciudad terrena, constituida por el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios. Estas dos ciudades no son instituciones visiblemente separables en la historia: están entrelazadas, mezcladas, y solo serán separadas en el juicio final. La iglesia visible contiene trigo y cizaña. El Imperio romano —como toda estructura política— contiene personas cuya lealtad última está con la ciudad de Dios y personas cuya lealtad está con la ciudad terrena.[^2]


Una precisión que la tradición reformada —especialmente Vos y Murray— añade al modelo agustiniano merece recogerse aquí. Agustín no identifica la iglesia visible con la civitas Dei sin más. La civitas Dei es escatológica y, en el tiempo presente, parcialmente oculta: sus ciudadanos verdaderos solo se conocen plenamente al final. La iglesia visible es anticipación y señal de la civitas Dei, no su identificación plena. En ella conviven los elegidos y quienes no lo son; en ella el reino ya está presente pero todavía no consumado. Esta tensión ya/todavía-no es la que impide tanto el entusiasmo eclesiástico —la tentación de tratar a la congregación como si fuera ya la ciudad perfecta— como el escepticismo disolvente —la tentación de relativizar la iglesia visible porque no es perfecta. La iglesia visible es el lugar ordinario donde Dios obra mediante sus medios para reunir la civitas Dei que el cielo mostrará completa.


Lo que Agustín ofrece es una postura para la civitas Dei peregrina en medio de la civitas terrena: no conquista, no retirada, sino uso. La ciudad de Dios usa la paz de la ciudad terrena —sus leyes, sus estructuras, su orden— sin identificarse con ella. Contribuye a su bienestar —porque en su paz tiene también paz, en el espíritu de Jeremías 29— sin hacerla su esperanza definitiva.


5.2 La pertinencia para Colombia


El modelo agustiniano es especialmente pertinente para Colombia precisamente porque Colombia ha pasado por dos siglos de ensayos de construcción de una "ciudad cristiana" —primero bajo el Concordato con la Iglesia Católica, luego bajo varios proyectos de "restauración de los valores cristianos" de distintos sectores políticos— y ninguno ha producido la ciudad justa que prometía. No porque la fe cristiana sea irrelevante para el orden político, sino porque la civitas Dei no puede construirse por decreto civil. Se edifica por el evangelio, semana a semana, persona a persona, congregación a congregación.


La iglesia colombiana que entiende esto no abandona la ciudad terrenal a su suerte. Trabaja por su bien, intercede por sus gobernantes, denuncia sus injusticias, forma a sus ciudadanos con la ley y el evangelio de Dios. Pero no confunde ese trabajo con la edificación del reino, y no mide su éxito por los indicadores que la ciudad terrena usa para medir el suyo. Su medida es la fidelidad al Señor que la edifica, y su horizonte es la ciudad que viene.


6. Lo que la iglesia da que nadie más puede dar


6.1 Los medios ordinarios como el bien más profundo

La pregunta de este capítulo —qué le da la iglesia a la ciudad que la ciudad no puede darse a sí misma— tiene una respuesta que puede sonar modesta pero que es la más radical posible: la iglesia le da el evangelio.


No el evangelio como slogan ni como decoración de programas sociales, sino el evangelio en su forma más concreta y más ordinaria: la predicación expositiva de la Palabra de Dios que abre las Escrituras y aplica la ley y la gracia de Dios a la condición humana real, la administración de los sacramentos que sellan las promesas del pacto en cuerpos y comunidades concretos, la disciplina eclesial que preserva la integridad del cuerpo, y la oración que reconoce que los resultados pertenecen al Señor y no a los medios que los instrumentos humanos emplean.


Esos medios ordinarios son ordinarios en su apariencia —no hay nada visualmente espectacular en un pastor que predica, en una congregación que escucha, en el pan y la copa que se reparten en un templo— pero son extraordinarios en su alcance. Son los medios que el Espíritu Santo ha prometido usar para la salvación y la santificación del pueblo de Dios. Son los medios que han producido, a lo largo de veinte siglos y en todos los continentes, comunidades de personas transformadas cuya vida en el mundo ha sido sal y luz sin que ninguna estructura de poder lo garantizara.


La Confesión de Fe de Westminster sostiene que la Palabra predicada, los sacramentos y la oración son los medios ordinarios de gracia por los cuales el Espíritu obra en la salvación y la santificación del pueblo de Dios —una afirmación que recorre múltiples capítulos de la Confesión y que los Catecismos Mayor y Menor desarrollan explícitamente (WCF XIV, XXV, XXVII; CMa 154–160). La iglesia que cuida esos medios —que predica bien, que administra los sacramentos con rigor confesional, que ora con fe— está haciendo la obra más transformadora posible en su ciudad, aunque esa obra sea invisible para los indicadores con los que la ciudad mide la transformación.


6.2 La diaconía como extensión de la misión espiritual


Los medios ordinarios no agotan lo que la iglesia hace en el mundo. La diaconía —el servicio al prójimo vulnerable— es la extensión inevitable de la misión espiritual hacia el mundo que la iglesia habita. No porque la iglesia sea una ONG con discurso teológico, sino porque el evangelio que predica tiene consecuencias inevitables para la manera en que los creyentes tratan a las personas en necesidad.


El vínculo es directo: la iglesia que predica fielmente el amor de Dios en Cristo producirá inevitablemente creyentes que aman a su prójimo de manera concreta. La iglesia que celebra la Cena del Señor —donde los creyentes declaran que comparten el mismo Señor con personas de toda condición— producirá inevitablemente comunidades que cuidan a los más vulnerables de su entorno. No como consecuencia de un programa estratégico sino como fruto orgánico del evangelio que ha producido nuevos afectos en personas que antes vivían para sí mismas.


En Colombia, donde la desigualdad, el desplazamiento y la violencia han producido una población enorme de personas en situación de vulnerabilidad —desplazados internos, víctimas del conflicto, migrantes venezolanos, niños sin acceso a educación de calidad— la diaconía de la iglesia no es opcional. Es la forma concreta en que el amor del evangelio se hace visible al mundo que la iglesia habita. Y ese servicio, cuando se hace en el nombre de Cristo y señala más allá de sí mismo hacia quien lo hace posible, es también misión.


6.3 La comunión del pacto como contracultura


Hay algo más que la iglesia da a la ciudad que ninguna institución civil puede replicar: la comunión del pacto. No la solidaridad de quienes comparten intereses o ideología, sino la comunión de quienes han sido comprados por la misma sangre y caminan hacia el mismo destino.


En una sociedad fragmentada por la desconfianza —donde las instituciones han traicionado a las personas tan repetidamente que el cinismo se ha vuelto una postura de supervivencia razonable— la comunión auténtica de una congregación es un escándalo en el sentido etimológico de la palabra: una piedra de tropiezo que obliga a reconsiderar lo que se creía imposible. Cuando la iglesia demuestra que hay una comunión posible entre personas que la sociedad ha separado —entre clases, entre etnias, entre historiales de conflicto, entre posiciones políticas opuestas— no está haciendo propaganda religiosa. Está siendo lo que Efesios 3:10 dice que es: la demostración de la multiforme sabiduría de Dios ante toda autoridad y poder.

Esa contracultura no es producida por estrategia ni por programa. Es producida por el evangelio que cambia afectos, por la mesa del Señor que declara una unidad más profunda que cualquier diferencia, y por la disciplina del pacto que forma personas capaces de la clase de amor que el mundo llama imposible.


7. La iglesia que Colombia necesita no es la que Colombia pide


7.1 La tentación del espejo


Cada época le pide a la iglesia que sea el espejo de sus propias aspiraciones. En los siglos XVI y XVII, las naciones europeas le pidieron a la iglesia que fuera el instrumento de su consolidación política. En el siglo XIX, el liberalismo le pidió a la iglesia que se modernizara y adoptara sus categorías de progreso. En el siglo XX, los movimientos revolucionarios latinoamericanos le pidieron a la iglesia que fuera la vanguardia de la transformación social. Hoy, los movimientos conservadores le piden que sea el baluarte de los valores tradicionales, y los movimientos progresistas le piden que sea la voz de la justicia social.


Todas esas peticiones tienen algo en común: le piden a la iglesia que sea el reflejo amplificado de una agenda que viene de afuera. Y cuando la iglesia cede a esa petición —cuando acepta ser definida por las categorías que el mundo le ofrece— deja de ser la iglesia para convertirse en otra cosa: capellanía de un proyecto político, agencia de transformación cultural, institución de preservación de la identidad nacional.

Lo que Colombia necesita de la iglesia no es lo que Colombia le está pidiendo. Colombia le está pidiendo a la iglesia que tome partido —en el conflicto armado, en la polarización política, en las guerras culturales del momento. Lo que Colombia necesita es una iglesia que sea fiel a su propia identidad: que predique a Cristo crucificado y resucitado, que forme personas cuya vida en el mundo sea sal y luz, que demuestre que la paz que el evangelio produce es más profunda y más duradera que cualquier acuerdo de paz que los hombres puedan negociar.


7.2 La fidelidad como la forma del amor a la ciudad


La forma más profunda en que la iglesia ama a Colombia no es siendo políticamente relevante sino siendo genuinamente eclesial. La iglesia que mantiene su identidad pactual —que no abandona la predicación del evangelio por la agenda política, que no sacrifica la comunión del pacto por la uniformidad ideológica, que no convierte el templo en tribuna electoral ni en ONG con discurso teológico— es la iglesia que más le sirve a su ciudad, aunque esa ciudad no lo reconozca y aunque los indicadores con que la ciudad mide la relevancia no registren ese servicio.


Esa fidelidad requiere coraje porque va contra las presiones que el momento histórico ejerce sobre la iglesia. Requiere claridad doctrinal porque sin ella la iglesia no sabe qué es lo que debe preservar. Y requiere esperanza escatológica porque sin ella la fidelidad se vuelve insostenible frente a la aparente irrelevancia de los medios ordinarios en un mundo que exige espectáculo y resultados inmediatos.


Pero la fidelidad es también la forma más auténtica del amor. El pastor que no le dice a su congregación lo que quiere escuchar sino lo que necesita escuchar, que no moviliza a sus feligreses para el candidato correcto sino los forma en la ley y el evangelio de Dios, que no convierte el culto en un evento de entretenimiento sino en el encuentro del pueblo del pacto con el Señor del pacto —ese pastor está amando a su congregación y a su ciudad con el amor más costoso y más duradero.


8. Conclusión: la ciudad que viene y la ciudad que es


Esta serie comenzó con la Constitución de 1991 y el nuevo régimen de libertad religiosa que las iglesias evangélicas colombianas recibieron sin tener una teología política coherente para habitarlo. Termina con una visión.


La visión no es de una Colombia cristiana en el sentido político del término —ese proyecto, como hemos argumentado a lo largo de seis artículos, confunde categorías que la Escritura mantiene separadas. La visión es de iglesias colombianas que saben lo que son: la comunidad pactual escatológica del Nuevo Pacto, convocada de entre todas las etnias y regiones de este país fracturado, sellada en el bautismo, sostenida en la mesa del Señor, formada por la predicación de la Palabra, en camino hacia la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.


Esa comunidad da a Colombia lo que Colombia no puede darse a sí misma. No porque sea más inteligente ni más poderosa ni más políticamente sofisticada, sino porque lleva en sí misma algo que ninguna institución humana puede producir: el evangelio del reino que ya vino en Cristo, que sigue avanzando por la predicación y el Espíritu, y que llegará a su consumación cuando el Rey regrese a recibir el reino que ya ganó.


Hasta ese día, la iglesia es peregrino que trabaja, profeta que proclama, siervo que sirve, y testigo que señala. En la ciudad terrenal que Dios le ha dado como lugar de habitación —en Bogotá, en Medellín, en Villavicencio, en Cajicá, en las veredas del conflicto y en los barrios de la prosperidad— la iglesia vive el presente de una realidad futura. Y esa es la contribución más radical que puede hacer: ser ya, en lo imperfecto del presente, lo que el cielo mostrará perfectamente cuando el Cordero sea adorado por gente de toda nación, tribu, pueblo y lengua.


No hay Colombia más transformada que la que tiene iglesias fieles.

No hay política más poderosa que el evangelio predicado con fidelidad.

No hay ciudad más necesitada de la iglesia que la que todavía no lo sabe.


Notas

[^1]: Para el análisis de Mateo 16:13–20 y la promesa de Cristo a su iglesia, ver D.A. Carson, The Gospel According to Matthew, EBC (Grand Rapids: Zondervan, 1984), 367–375; y R.T. France, The Gospel of Matthew, NICNT (Grand Rapids: Eerdmans, 2007), 617–625. La interpretación de "las puertas del Hades" como imagen de defensa vencida más que de ataque resistido es examinada en ambos comentarios con convergencia sustancial.

[^2]: Agustín de Hipona, La Ciudad de Dios, XIV.28: "Dos amores fundaron, pues, dos ciudades: el amor propio llevado hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrena; el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial." La edición de referencia en español es Agustín, La Ciudad de Dios, trad. Santos Santamarta del Río y Miguel Fuertes Lanero (Madrid: BAC, 1988). Para la aplicación política contemporánea del modelo agustiniano, ver Oliver O'Donovan, The Desire of the Nations: Rediscovering the Roots of Political Theology (Cambridge: Cambridge University Press, 1996), caps. 2–3; y Robert Dodaro, Christ and the Just Society in the Thought of Augustine (Cambridge: Cambridge University Press, 2004).


Bibliografía selecta


Exégesis y comentarios

  • Carson, D.A. The Gospel According to Matthew. Expositor's Bible Commentary. Grand Rapids: Zondervan, 1984.

  • France, R.T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Grand Rapids: Eerdmans, 2007.

  • Lincoln, Andrew T. Ephesians. Word Biblical Commentary 42. Dallas: Word, 1990.

  • O'Brien, Peter T. The Letter to the Ephesians. Pillar New Testament Commentary. Grand Rapids: Eerdmans, 1999.


Eclesiología reformada

  • Clowney, Edmund P. The Church. Downers Grove: IVP, 1995.

  • Hodge, Charles. Discussions in Church Polity. New York: Charles Scribner's Sons, 1878.

  • Murray, John. Collected Writings, vol. 1. Edinburgh: Banner of Truth, 1976. Especialmente los ensayos sobre eclesiología.


Teología política y las dos ciudades

  • Agustín de Hipona. La Ciudad de Dios. Madrid: BAC, 1988. Especialmente libros XIV–XIX.

  • Dodaro, Robert. Christ and the Just Society in the Thought of Augustine. Cambridge: Cambridge University Press, 2004.

  • O'Donovan, Oliver. The Desire of the Nations: Rediscovering the Roots of Political Theology. Cambridge: Cambridge University Press, 1996.

  • Strange, Alan D. Empowered Witness: The Spirituality of the Church in an Age of Political Excitement. Glenside, PA: Westminster Seminary Press, 2023.


Misión y presencia eclesial

  • Goheen, Michael W. A Light to the Nations: The Missional Church and the Biblical Story. Grand Rapids: Baker Academic, 2011.

  • Newbigin, Lesslie. The Gospel in a Pluralist Society. Grand Rapids: Eerdmans, 1989.

  • Wright, Christopher J.H. The Mission of God: Unlocking the Bible's Grand Narrative. Downers Grove: IVP Academic, 2006.


Colombia y el contexto eclesial latinoamericano

  • Beltrán Cely, William Mauricio. Del monopolio católico a la explosión pentecostal. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2013.

  • Freston, Paul. Evangelicals and Politics in Asia, Africa and Latin America. Cambridge: Cambridge University Press, 2001.

  • González, Justo L. Historia del pensamiento cristiano, vol. 3. Miami: Editorial Caribe, 1993.


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