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Lo que ya no se puede hacer

hace 39 minutos
7 min de lectura

Sobre la oración por los muertos y la urgencia de los que respiran


**Rodrigo Andrés Espinoza González**


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La sala está llena de sillas plásticas prestadas. Alguien repartió el café hace rato y nadie se lo ha tomado. En el rincón, una tía que usted apenas conoce ya abrió el cuadernillo y está encabezando la primera noche de la novena, y cuando levanta la vista lo busca a usted, porque usted es el que estudia la Biblia, el que se volvió evangélico, el que seguramente tiene algo que decir. Y usted está ahí, de pie, con la certeza incómoda de que no puede rezar esa oración y sin ninguna idea de cómo decirlo sin que parezca que está escupiendo sobre el ataúd de su propio abuelo.


Esa escena se repite todos los meses en nuestras ciudades. El novenario, la misa de difuntos, la misa del mes, la del aniversario. Son prácticas que en el catolicismo popular latinoamericano no se viven como doctrina discutible sino como piedad elemental, como lo mínimo que la familia debe al que se fue. Negarse se siente como negarle un vaso de agua a un sediento. Por eso, cuando un creyente reformado dice que no ora por los muertos, la familia no escucha una convicción teológica. Escucha desprecio.


Y sin embargo hay que decirlo, porque es verdad: no hay nada que hacer por los muertos. La Escritura no nos manda a orar por ellos, no nos da un solo ejemplo de alguien que lo haya hecho, y en el único lugar donde alguien tuvo la ocasión perfecta de hacerlo, se levantó del suelo y dejó de orar. Pero esa verdad, dicha sola, es apenas media verdad. Porque lo que la Escritura cierra por un lado lo abre por el otro, con una urgencia que debería quitarnos el sueño: si no hay nada que hacer por el que murió, entonces hay todo por hacer por el que todavía respira.


## El hombre que oró y dejó de orar


David perdió un hijo. No es un caso hipotético ni una ilustración de manual; es la historia de un hombre que acababa de cometer adulterio y homicidio, que había sido confrontado por un profeta, y cuyo hijo recién nacido se estaba muriendo como consecuencia de su propio pecado. Si alguien tuvo jamás motivo para rogar, fue él.


Y rogó. El texto dice que David ayunó, que pasó la noche acostado en el suelo, que los ancianos de su casa no pudieron levantarlo ni hacerlo comer. Siete días así. Y cuando sus siervos finalmente le dijeron que el niño había muerto —temiendo que la noticia lo destruyera—, David hizo lo contrario de lo que todos esperaban: se levantó, se lavó, se ungió, cambió de ropa, entró a la casa del Señor y adoró. Después pidió comida.


Los siervos no entendieron nada, y preguntaron. La respuesta de David es uno de los textos más desconcertantes y más lúcidos de la Escritura sobre la muerte: *«Mientras el niño aún vivía, yo ayunaba y lloraba, porque decía: ¿Quién sabe si el Señor tendrá compasión de mí y el niño viva? Pero ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Acaso puedo hacerlo volver? Yo iré a él, pero él no volverá a mí»* (2 Samuel 12:22-23).


Note bien lo que David no dice. No dice que haya dejado de amar al niño. No dice que su dolor haya terminado. No dice que el niño no importe. Dice algo mucho más sobrio y mucho más duro: *¿para qué?* Mientras el niño vivía, había una puerta abierta y David empujó esa puerta con todo lo que tenía. Cuando el niño murió, la puerta se cerró, y David —que era un hombre conforme al corazón de Dios— no se quedó golpeándola. Se levantó y adoró.


Ahí está, en una sola escena, toda la teología bíblica de esta cuestión. La oración por el que vive es ferviente, nocturna, desesperada. La oración por el que murió no existe, porque no tiene objeto.


## Por qué la puerta se cierra


Lo que David entendió por instinto, el resto de la Escritura lo enseña con claridad. Está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (Hebreos 9:27). Entre lo uno y lo otro no hay una antesala donde la suerte del hombre todavía se negocie. No hay un lugar intermedio donde nuestras súplicas lleguen a tiempo.


Jesús mismo lo dijo con una imagen que no deja grietas. Cuando el rico atormentado pide que Lázaro cruce con una gota de agua, Abraham responde que entre ellos hay un gran abismo puesto, de modo que los que quieran pasar de un lado al otro no puedan hacerlo (Lucas 16:26). Y hay un detalle en esa historia que casi nunca se predica: el rico, una vez muerto, deja de interceder por sí mismo y empieza a interceder por sus cinco hermanos. Por los vivos. Hasta en el infierno, el instinto correcto es rogar por los que todavía pueden oír.


Por eso la Escritura no dice «arrepiéntete algún día» ni «que alguien se arrepienta por ti después». Dice *hoy*. Busquen al Señor mientras pueda ser hallado (Isaías 55:6) —una frase que solo tiene sentido si llega un momento en que ya no puede serlo—. He aquí, ahora es el tiempo propicio; he aquí, ahora es el día de salvación (2 Corintios 6:2). Y tres veces en Hebreos, martillando el Salmo 95: *hoy, si oyen su voz, no endurezcan sus corazones*.


Alguien dirá que esto es cruel. Yo diría que es lo contrario. La crueldad sería dejar creer a una familia que la novena todavía puede inclinar la balanza, mientras el hermano que está sentado a su lado —vivo, respirando, sin Cristo— se va a su casa sin que nadie le haya dicho una palabra.


## Y los que ya enterré


Pero hay una pregunta que este artículo no puede esquivar, porque es la que de verdad duele. ¿Qué hago yo con mi padre, que murió sin que yo supiera cómo hablarle? ¿Con mi abuela, que rezaba el rosario todos los días y murió sin que nadie le explicara el evangelio? ¿Con el hermano que se fue de repente, a los cuarenta, sin tiempo para nada?


Lo primero que hay que decirle a quien carga esa pregunta es que la Escritura no le pide que la responda. Dios no le ha encargado a usted el veredicto sobre el alma de nadie. Lo que pasó en el corazón de su padre en sus últimas horas —si hubo clamor, si hubo fe, si el Espíritu obró donde nadie podía verlo— es un asunto que pertenece a Dios y no a usted, y la angustia de intentar averiguarlo es una carga que el Señor nunca le puso encima.


Y lo segundo es más importante todavía: el Juez de toda la tierra, ¿no hará lo que es justo? (Génesis 18:25). Esa pregunta no es de Abraham al aire; es de Abraham intercediendo por una ciudad condenada, y la respuesta implícita sostiene a los santos desde entonces. Dios no se equivoca. Dios no condena a nadie injustamente. Dios no se olvidó de su padre por descuido. Usted puede no saber qué pasó, y puede llorar por no saberlo —pero puede descansar en que quien lo sabe es justo, y que su justicia no necesita ser corregida por nuestras oraciones.


Ahí termina la diferencia entre el consuelo cristiano y el consuelo religioso. El religioso le dice a usted que haga algo para ayudar al muerto, y así lo deja atrapado en una deuda que nunca termina de pagar. El cristiano le dice que ya no hay nada que hacer, y en esa misma frase lo libera: no porque el muerto no importe, sino porque está en manos infinitamente mejores que las suyas.


## Lo que sí hacemos


Entonces, ¿qué hace un creyente parado en esa sala con las sillas plásticas?


Llora. No con una resignación tiesa ni con una sonrisa espiritual, sino de verdad. Jesús lloró delante de la tumba de Lázaro sabiendo que iba a resucitarlo en cinco minutos, lo cual significa que la fe en la resurrección no cancela el llanto. Y Pablo no dice que no nos entristezcamos; dice que no nos entristezcamos *como los demás que no tienen esperanza* (1 Tesalonicenses 4:13). La diferencia no está en la cantidad de lágrimas. Está en hacia dónde miran los ojos mientras lloran.


Consuela. Y conviene fijarse en con qué consuela Pablo, porque es sorprendentemente concreto: con que el Señor mismo descenderá del cielo, con que los muertos en Cristo resucitarán primero, con que estaremos siempre con el Señor. Y entonces cierra: *«por tanto, confórtense unos a otros con estas palabras»* (4:18). El consuelo cristiano ante la muerte no es una emoción; es un contenido. Es una noticia sobre el futuro que tiene fecha y tiene nombre.


Honra. Nada en la Escritura prohíbe recordar a los muertos, hablar bien de ellos, acompañar a la familia, guardar el luto, cargar el ataúd, cocinar para los que se quedaron. José embalsamó a su padre y lo lloró setenta días. Lo que la Escritura prohíbe no es honrar al muerto; es pretender que todavía podemos alterar su destino.


Y habla. Habla con el que está vivo. Porque esa sala está llena —de tíos, de primos, de vecinos, de gente que vino por compromiso y se va a ir en una hora— y todos ellos sí pueden oír. Esa es la parte que nos cuesta. Es más fácil rezar una novena por el que ya no oye que decirle una palabra a la prima que está sirviendo el tinto.


## Hoy


Hay una ironía que vale la pena nombrar antes de terminar. Las familias que más fervientemente oran por sus muertos son, muchas veces, las que menos le hablan de Cristo a sus vivos. Se invierte el orden: toda la energía religiosa se vuelca sobre quien ya no puede hacer nada con ella, y el que todavía puede arrepentirse se sienta en la misma sala, nueve noches seguidas, sin escuchar el evangelio una sola vez.


Nosotros corregimos el orden. No porque amemos menos a nuestros muertos, sino porque la Escritura nos enseña dónde todavía hay puerta abierta. Y mientras esa puerta esté abierta —mientras su hermano respire, mientras su madre pueda escuchar, mientras usted mismo tenga aliento para decir *Señor, ten misericordia de mí*— todavía se llama hoy.


La pregunta, entonces, no es qué puedo hacer por los que ya enterré.


Es a quién le voy a hablar esta semana, mientras todavía puedo.



 
 
 

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