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Se maravillan de su poder, pero no podrán comprender su debilidad voluntaria





Hay un silencio extraño en Lucas 9:43. Un silencio que no es ausencia de sonido, sino ausencia de comprensión.


La multitud acaba de presenciar algo que la Escritura describe con una palabra que pocas veces aparece en los evangelios: μεγαλειότητι — la grandeza de Dios. El muchacho endemoniado ha sido restaurado. El padre, que horas antes caía de rodillas ante Jesús en desesperación, ahora tiene a su hijo de vuelta. Todos se asombran. El verbo griego ἐξεπλήσσοντο sugiere una conmoción que desplaza, una admiración que deja sin aliento. Es el tipo de reacción que nosotros mismos tendríamos: aplausos, alabanzas, historias que se cuentan una y otra vez.


Y es precisamente en ese instante — en el ápice de la admiración — cuando Jesús interrumpe.

"Haced que penetren bien en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres"(Lc 9:44).

Lucas no coloca este anuncio después de la euforia. Lo coloca dentro de ella. La grandeza visible de Dios y la debilidad voluntaria del Hijo se encuentran en el mismo versículo, separadas apenas por una partícula griega. Como si el evangelista quisiera que el contraste fuera imposible de ignorar. Y sin embargo, el versículo 45 lo confirma: no lo entendieron. Les fue encubierto. Y tenían miedo de preguntar.


La pregunta que surge es incómoda: ¿por qué la misma boca que acaba de manifestar la grandeza de Dios anuncia su entrega en manos de hombres? ¿Por qué la gloria no continúa sola?



I. El asombro que no salva


El problema de la multitud en Lucas 9 no es que su asombro sea falso. Es que es insuficiente. Están admirando la obra correcta con las categorías equivocadas.

El corazón humano, desde la caída, ha construido una teología intuitiva del poder. Equipara a Dios con lo extraordinario, lo incontestable, lo que se impone sin posibilidad de resistencia. Esta teología no necesita que nadie la enseñe — está escrita en la carne. Israel la vivió en el Sinaí. Los discípulos la vivieron cuando Jesús caminó sobre el agua. La multitud la vive aquí, ante un muchacho que regresa a la vida.


Pero Lutero lo vio con claridad descarnada:


hay dos maneras de hablar de Dios. La theologia gloriae busca a Dios donde la razón caída espera encontrarlo — en el poder, en el éxito, en lo visible y aclamado. La theologia crucis aprende a encontrarlo donde menos se lo espera: en la debilidad, en el sufrimiento, en el escándalo de un Mesías entregado.
"El que no conoce a Cristo crucificado", escribió Lutero, "no conoce a Dios escondido en el sufrimiento."

Pablo le pone nombre: "la palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, esto es, para nosotros, es poder de Dios" (1 Co 1:18). Y más adelante describe al Cristo crucificado como "tropiezo para los judíos y locura para los gentiles" (v. 23) — precisamente porque ninguno de los dos puede reconciliar poder con debilidad elegida.


La multitud en Lucas 9 representa a toda la humanidad natural ante Dios: maravillada de la μεγαλειότητι, pero incapaz de recibir la cruz. No por maldad, sino por la curvatura del corazón sobre sí mismo que Agustín llamó incurvatus in se.



II. La debilidad como forma suprema del poder


Conviene detenerse en lo que Jesús no dice en Lucas 9:44. No dice: "Van a intentar entregarme, pero yo me escaparé." No dice: "Voy a sufrir, pero después vendré con más poder." Dice: va a ser entregado. El verbo está en voz pasiva — el llamado "pasivo divino" — que en el idioma de los evangelios señala la acción soberana de Dios mismo. La entrega no le ocurre a Cristo; Cristo la ejecuta, desde adentro.


Filipenses 2 lo ilumina con una profundidad que no tiene igual. El Hijo que existía en forma de Dios, que no consideró el ser igual a Dios como algo que aferrarse, se vació a sí mismo, tomó forma de siervo, se humilló, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Fil 2:6-8). Pablo usa el verbo ἐκένωσεν — se vació. Pero no es un vaciamiento de deidad. Es el ejercicio más libre y más puro de la soberanía divina: elegir la entrega, no padecerla.


Solo puede vaciarse quien posee la plenitud. Solo puede descender quien domina la altura. La debilidad voluntaria del Hijo no contradice su omnipotencia: la demuestra de la manera más absoluta posible. Un Dios que solo puede actuar en la gloria visible es, en el fondo, un Dios limitado por las expectativas humanas. El Dios de la Escritura actúa también —y de manera decisiva— en la forma del Siervo sufriente que Isaías había anunciado: "No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos" (Is 53:2).


El escándalo de Lucas 9:44 no es que Jesús vaya a morir. El escándalo es que ese morir es la victoria. Que la entrega es el poder. Que la cruz es la gloria, vista desde el ángulo correcto.



III. Nosotros también somos esa multitud


Aquí es donde Michael Horton nos obliga a mirarnos en el espejo.

En Ordinary, Horton diagnostica con precisión quirúrgica una enfermedad que afecta a la iglesia contemporánea con la misma fuerza con que afectaba a la multitud de Lucas 9: la adicción a lo extraordinario. "La tragedia", escribe, "es que tanto la búsqueda de crecimiento personal como el llamado a cambiar el mundo comparten algo en común: impaciencia y desdén por lo ordinario." En ambos casos, la invitación es a romper con lo rutinario, a hacer algo grande para Dios, a vivir de manera radical e impactante.


No se trata de que estos impulsos sean completamente equivocados. El problema es el marco teológico que los sostiene. Cuando el criterio de la vida cristiana fiel se convierte en lo espectacular, en el impacto visible, en la experiencia extraordinaria, hemos vuelto a instalar la theologia gloriae como norma pastoral. Hemos vuelto a buscar a Dios donde la carne espera encontrarlo.


La multitud de Lucas 9 admiraba a Cristo. Asistía a sus reuniones. Experimentaba su poder. Y sin embargo, no podía recibir la palabra de la cruz. ¿Cuántas iglesias hoy se llenan de personas que admiran un Cristo poderoso, carismático, transformador — y tienen miedo de preguntar lo que no entienden de la cruz?


El modelo que describe Horton tiene consecuencias pastorales concretas: agotamiento espiritual, ansiedad por el fruto que no se produce a la velocidad esperada, decepción cuando la vida ordinaria no parece "radical" ni "impactante." Cuando la fidelidad cotidiana no produce la μεγαλειότητι que el alma entrenada en el espectáculo necesita ver, la crisis llega casi inevitablemente.



IV. El tesoro en vasos de barro


La respuesta de la Escritura a esta tensión no es eliminar el deseo de la gloria de Dios. Es relocalizarlo.


"Tenemos este tesoro en vasos de barro", escribe Pablo, "para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros" (2 Co 4:7).

La imagen es deliberadamente anticlimática. El tesoro es real — es la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo (v. 6). Pero el recipiente es frágil, ordinario, sin atractivo. Y esa fragilidad no es un defecto del plan: es el plan. Es la manera en que Dios se asegura de que la gloria le pertenezca a él.


La iglesia fiel, que semana a semana se reúne alrededor de la Palabra ordinaria y los sacramentos, que persiste en la oración sin experiencias extraordinarias que la sostengan, que sirve en los márgenes sin que nadie registre el impacto — esa iglesia está viviendo precisamente la lógica de Lucas 9:44. No la lógica de la μεγαλειότητι aplaudida, sino la del Hijo entregado.


Horton lo expresa con una sobriedad que merece repetirse:


"Lo que necesito ahora es el coraje de enfrentar un día ordinario... la valentía de creer que una vida pequeña sigue siendo una vida significativa, y la gracia de saber que incluso cuando no he hecho nada poderoso ni audaz ni interesante, el Señor me ve y me estima, y eso es suficiente."

Eso no es mediocridad espiritual. Eso es discipulado cruciforme.



V. "Si alguno quiere venir en pos de mí..."


Pocas líneas antes de nuestro texto, en Lucas 9:23, Jesús había dicho algo que la multitud también escuchó y tampoco pudo contener: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame."


Cada día. No en el día de la gran decisión. No en el fin de semana del retiro espiritual. Cada día. En la monotonía, en la fidelidad sin aplausos, en el servicio que nadie registra. La cruz no es un evento; es una dirección de vida. Y esa dirección no puede separarse del Cristo que va delante — no el Cristo de la μεγαλειότητι que la multitud aclama, sino el Cristo que dice "va a ser entregado" y avanza sin detenerse.


La debilidad voluntaria no oscurece la majestad divina. La revela bajo una forma que la razón natural nunca elegiría. Solo cuando el entendimiento es reordenado por la fe y los oídos abiertos por la gracia — como Jesús pide con urgencia en el versículo 44: "haced que estas palabras penetren bien en vuestros oídos" — puede percibirse que la entrega soberana no es lo opuesto del poder. Es su forma más pura.

Y que la fidelidad ordinaria, vivida cada día en esa lógica, no es una segunda categoría del discipulado. Es, precisamente, el seguimiento de la cruz.

"Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres." — 1 Corintios 1:25

 
 
 

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